Peluche
Él me repetía siempre que me merecía ser feliz y que tenía que decirme cada mañana en el espejo que soy maravillosa y estupenda. Que alguien que dice orgulloso que la gente le importa un pimiento se preocupe por una es extrañamente halagador.
Cuando yo sola me hacía daño me azotaba con sus palabras, esperando que aprendiera. Y lo que más miedo le daba era sonar paternalista.
De repente fui feliz y él se alegró. Y como un Mary Poppins cualquiera se fue, considerando que ya no le necesitaba.
Y es verdad, ya no le necesito. Pero quiero que quede constancia de lo mucho que le agradezco el extraño vínculo que formó conmigo.