Qué malo es tener una cabeza que hace run-rún.
Tengo bastantes motivos para ser feliz: un hombre que me quiere, una familia que me apoya, un sobrino recién nacido que es una monada, amigos(pocos) que estarán siempre conmigo, una perra que no puede ser más buena...
Pero hay cosas que me amargan. Heridas que ya se han convertido en muy viejas que son casi ponis, angustias vitales que para cualquier otro serían absurdas porque, además, vienen de las cosas que me deberían hacer plenamente feliz.
Alguna vez yo ya he contado que me gustaría casarme. También me gustaría hacer fiestón porque mis familias se llevan muy bien y yo les quiero(a casi todos y, a los que no, no pensaba invitarlos) pero no es mi propósito del matrimonio. Me han abandonado tantas veces después de decirme que me querían, me han dado tantas patadas sentimentales, me han tocado chungos tan chungos en el apartado psicológico... que para mí el matrimonio se parece mucho más al contrato de adopción que haces con un refugio de animales: un contrato en el que juras que vas a querer a ese perro, que no le abandonarás jamás, que estaréis juntos para lo bueno y para lo malo, aunque se cague en tu sofá y se coma tus zapatos favoritos y tengas ganas de tirarlo por el balcón. Sí, tengo una visión súper romántica del matrimonio...
Una de las cosas que más me duelen en una discusión es que mi pareja se vaya de casa. Yo a veces pido un receso, dejar de discutir una hora para poder calmarme y no ponerme a soltar burradas, pero necesito saber que a pesar de la bronca la otra persona está ahí, en casa, que no se va abandonándome. No sé muy bien por qué, pero me siento como si al irse quisieran tanto perderme de vista que tal vez nunca volvieran. Pensándolo en la distancia habría sido lo mejor, pero como no tenía amigos, otra casa, ni familia en Tenerife, N. siempre terminaba volviendo.
Si a todas mis neuras le sumas que cada vez soy más vieja, más fea, más canosa, más arrugada... por muy bien que esté para mis 32 años es imposible estar como cuando tenía 20. Y yo lo veo, cada mañana en el espejo. Y miro mi vida hace quince años, miro mi vida ahora... y casi no ha cambiado un ápice. A mí no me apetece seguir feliz en el mismo tipo de relación que tenía cuando era adolescente, quiero evolucionar, dar pasos hacia adelante, en vez de andar cambiando de jugador para volver una y otra vez a la casilla de salida; con cicatrices nuevas y locuras fortalecidas. Así que para mí que alguien me pida que me case con él (y por alguien me refiero en este caso a Mentiroso, claro, no me hace mucha ilusión que me lo pidan por la calle), aunque sepa que ese posible matrimonio es imposible actualmente, aunque se tarde años, aunque no haya anillo(pero si no llevo anillos de forma constante desde el milenio pasado), aunque en realidad sea sólo un acto de fe porque una promesa puede romperse... el que me hicieran esa promesa, el que alguien no quisiera abandonarme y me lo prometiera... para mí eso vale un mundo.
Mentiroso está en su primera relación. Mentiroso echa de menos cosas que yo hice hace una eternidad y que no puedo ofrecerle: que le vayan a buscar a clase, quedar para ir al cine, hacer huecos donde se pueda en el horario diario para ver a esa persona que quieras aunque sea quince minutos... Mentiroso está en el mismo punto de mi vida en que yo me encontraba hace 12 años, sin prisas, disfrutando de lo que llegue y pensando que el amor todo lo puede y lo gana. Mentiroso considera que una petición de matrimonio se realiza cuando ya estás establecido con una persona, habéis comprobado la compatibilidad juntos y se va a poner fecha para una boda en los próximos meses. En la forma de ser de Mentiroso esa promesa llegará, como pronto en 2 o 3 años.
Mientras, yo me vuelvo loca. La inseguridad me paraliza a veces. La distancia no ayuda, y su juventud tampoco. Su poca experiencia en relaciones complicadas y que no tenga título de psiquiatra puede ser un handicap para comprenderme. Hace meses le expliqué lo que siento al respecto y fue firme; es su forma de verlo. Y con mis gilipolleces tomando forma cíclica, ataques de ansiedad cuando vuelve a su casa cada vez más habituales, berrinches por cosas que no llegarán pronto, me siento como mi perra cuando me marcho de casa. Tengo ansiedad por separación y nada de lo que me dicen puede hacerme cambiar la opinión de que, tal vez, sea la última vez que él vuelva. Y sé que con estas cosas lo empeoro y aún así no consigo evitarlas y portarme racionalmente. Malditas cicatrices, maldita edad y maldito corazón.
Así que aquí ando, explicando al mundo en general por qué estoy triste, explicando por qué si mañana mismo me propusieran matrimonio mandaría a la persona a la que más quiero en el mundo a tomar por culo.