Frustración
Ya llevamos unas semanas buscando piso. Hacienda sigue sin devolver y yo ya llevo perdidos casi 3 kilos. Día sí y día también E. y yo nos echamos a la calle en busca de carteles de alquiler y visitas a "pisos". Estamos asustadas, de verdad: zulos de techos bajos, habitaciones con ventana a la cocina (y vistas a los fogones, oigan, que puedes remover el arroz sin levantarte de la cama), cuartos de baño en plan vagón de tren, habitaciones sin puerta... ni pared para ponerla...), etc.
De modo que cuando vimos un piso al otro lado de la ciudad, cerca de una discoteca de moda, en un barrio chulo, con el Mercadona al lado, en un décimo piso de habitaciones gigantes y calefacción central, nos lanzamos de cabeza.
Al quedar con el dueño empezaron los problemas, las únicas indicaciones que teníamos eran: "a las doce delante del hotel de la calle Alhamar, soy un señor mayor con sombrero". Nunca me había dado cuenta de la cantidad inmensa de viejitos que van con sombrero o gorra por la ciudad. Después de asustar a un abuelito sordo con gorro y cara de despistado que circulaba por allí mediante la técnica de saltarle delante de las narices (llamándole no hacía ni puto caso) y gritarle a viva voz si se llamaba Agustín, decidimos que 15 minutos ya eran muchos y llamamos al que se suponía sería nuestro futuro casero. El hombre andaba calle arriba ocupado con otros chavales, ya nos llamaría cuando se quedase libre. Eso sucedió unos 15 minutos después, a las 12:30 de la mañana de un precioso día granadino de 36ºC de temperatura y sin una puñetera sombra.
Cuando decidió ocuparse de nosotras (que para entonces estábamos deseando estar en la bañera, y no allí) nos preguntó lo importante: "¿Tenéis el dinero?". Ni un triste "Hola, lamento haberos hecho esperar" ni nada. Procedimos a rellenar el documento de reserva y le dejé mi dni, ya que mi nombre común, lo que se dice común, no es. Lo anota correctamente, le decimos el nombre de E., explicamos tres veces que no lleva hache, le pone una hache intercalada en un sitio donde jamás la había visto antes y nos quedamos confusas.
Más tarde decidimos no quedarnos con el piso por una pequeña cláusula en la que nos hacíamos responsables de arreglar todo lo que se pudiera estropear dentro de aquella casa mientras estuviéramos dentro. Yo aceptaba avalar a mis compañeros de piso con la hipoteca que llevo a cuestas, porque les conozco y confío en ellos, pero me niego a depositar esa confianza en una lavadora o una nevera desconocidas.
Pero lo peor, lo que más daño me hizo, es que cuando nos leyó el documento (que no llegamos a firmar) cambió las dos veces que estaba escrito mi nombre por un "doña Raúl" que me llegó al alma.
Y van dos veces en menos de un mes. Y esta vez llevaba falda, sandalias, escote y pendientes. ¡Jo!