Renfe y yo
Cuando voy desde Granada a Sevilla siempre me planteo dos formas de ir: guagua o tren. La guagua me sale 3 € más barata, pero tengo que pillar la urbana para que me lleve a la estación. El tren puedo cogerlo andando y no dependo del transporte público para llegar a tiempo, ya que vivo enfrente de la estación de Renfe. Bueno, en realidad vivo frente a las vías y la estación está 200 metros más allá.
Desde un punto de vista cómodo (y ése debería ser mi segundo nombre si tuviera alguno) el tren me viene mejor. Dos inundaciones de vías más tarde no lo tenía yo tan claro. Que para un trayecto de 3 horas tardes 6 o 7 me parece escandaloso. Estoy acostumbrada gracias a Iberia, pero sigue siendo escandaloso. Y aqui ni bocadillos ni nada, a esperar en apeaderos de mala muerte, lloviendo a mares, hasta que decidan mandar un autobús que nos lleve al destino, total o parcialmente. Que lo del tren+guagua+tren es bastante ridículo, francamente.
De modo que decidí que mientras el invierno siguiera activo iría en guagua. Y sin problemas, más allá de tener que andar controlando las urbanas para llegar a tiempo y caminar un poco más con las maletas. Pero el invierno parece haber acabado, llevamos manga corta, ya no llueve y tengo viaje a Sevilla... pillo con Renfe.
Desde aquí agradezco sinceramente al suicida gilipollas, que se tumbó en las vías de Pedrera para ser arrollado por un tren, recuperar esa tradición de 6 horas de trayecto en vez de 3.
Y nos empecéis a meteros conmigo por llamar al suicida gilipollas, porque lo es. Que hay formas más sencillas, más limpias, más dignas y menos dolorosas de largarse de este mundo. Y además no joden a los demás, que no le conocemos de nada.