Yo también tengo un poni.
Bueno, a lo que contaba, que yo quería casarme. Y de blanco. Y dependiendo de la edad de una forma u otra, porque mientras era pequeña pensaba en un sencillo traje en plan Sisi Emperatriz que hubiese necesitado ruedecitas laterales y 8 meses de entrenamiento intensivo con las fuerzas de élite del ejército para poder cargar con él y, según me iba haciendo mayor, fue tomando otras formas: me sobraba el velo que podía servir de carpa de circo, no había por qué ponerle una cola con la que se pudiera cruzar la Gran Vía de un lado a otro, la tiara rococó de diamantes auténticos ya no me hacía falta... lo que viene siendo aligerar un poquillo el "outfit". Más que nada porque cuando empiezas a verte casándote en un prado hay cosas a las que no le ves mucha utilidad como los tacones de aguja de 15 cm que no sabes llevar o el enredarte con los árboles con tus propios tules y morir sin que nadie se dé cuenta hasta 5 meses después, cuando consigan quitar todas las capas y llegar a tu cuerpo.
Pensaba que elegiría mi vestido de boda, que sería el vestido de boda más bonito del universo conocido y que sería de un solo color. Y si habéis visto mi casa sabréis el mérito que tiene cualquiera de esas cosas. Pensaba en ponerme flores el pelo, tener el pelo largo y oscuro cayendo como una cascada, un vestido con un precioso escote barco y una bonita forma abajo que remarcara mis caderas y ocultara mis gemelos de futbolista. Cosas que no se llevan demasiado bien con cortes de pelo casero, canas a tutiplén y que si me pongo vestidos largos parezco un hobbit. O que si sigo a este ritmo en vez de maquillarme el maquillador oficial de Bobby Brown va a tener que venir el tío de los vídeos de Titanlux.
Porque yo tengo poni. Tuve poni con el vestido de comunión que no tuve(de hecho tuve un contacto tan íntimo con la religión que pasé bastantes años creyendo que los vestidos de comunión eran para novias enanas, ver "Willow" no ayudó), tuve poni en la cena oficial recaudatoria de viaje de fin de curso en la que en vez de llevar un precioso vestido fui con falda pantalón de pana negra y un jersey rojo de cuello alto con el que casi muero asfixiada. Tuve poni a mis casi 18 años en mi graduación porque mi madre se empeñó en que mi vestido fuera especial y en vez de comprarme uno maravilloso que vi en una tienda consiguió que una modista que debía de ser medio ciega e hijaputa completa me hiciera una cosa llena de capas mucho más cara y de color rojo en pleno boom de la campaña de Evax de "soy tu menstruación". Con un puñetero foular a juego cuando yo no sé llevar complemento alguno con estilo y parecía una refugiada pidiendo limosna llenita de sangre. Y hubiese tenido poni en mi primera nochevieja "de mayor" en Tenerife si no hubiese optado por comprarme un vestido cortito de tercipelo y cambiarme en el coche, para no tener que llevar el larguísimo, pesadísimo, negrísimo y llenísimo de cuentitas negras vestido de noche que mi madre había decidido que podríamos compartir. Supongo que hasta mi abuela hubiese podido vestir elegantemente aquel "clásico".
Y no es que crea que mi madre vista mal, ni por asomo, de hecho a veces compartimos ropa. Simplemente es que nos llevamos 30 años de diferencias de gusto entre pecho y espalda y mis momentos especiales siempre han sido suyos. O no han existido, no hubiese hecho la comunión de todas formas.
Así que en una cosa en la que creo con firmeza que podría plantarme ante mi madre y decir "quiero esto", me temo que el que me va a derrotar va a ser el espejo y el "más te vale que pienses en esto otro".